jueves, 12 de enero de 2017

Tu recuerdo



Cuando me voy 
comienza el recuerdo
y  el ansia de volver 
a tus brazos, a tus besos.

Cuando me voy 
comienza el recuerdo
de tu voz, tus caricias ,
de tu ser en mi cuerpo.

Cuando me voy 
comienza el recuerdo
¡no me olvides amor!
esto es una locura,
pero vuelvo a tus besos.

Cuando me voy
comienza el recuerdo
del sabor de tus labios,
de tus manos en mis pechos.

Cuando me voy
amor mío,
sólo ansío el regreso.


sábado, 19 de diciembre de 2015

Verano eterno.

¿Cuándo llegaría el verano? era la pregunta que se hacía cada vez que sus huesos le reclamaban el calor de los días de sol tendida en la arena que había conocido su cuerpo lleno de juventud, cuando la caminata a esas soledades en que se encontraba la pequeña ensenada se hacía corta al lado de él, que cargaba lo mínimo para acampar, solos, protegidos del viento por la alta escarpada del cerro a sus espaldas y la cueva que le daba el nombre al solitario lugar al costado del acantilado, la cueva del pirata.

A veces cuando la marea bajaba se podía entrar y ver en sus muros arenosos los nombres grabados de algunos visitantes, también los de ellos quedaron estampados como recuerdo, él había buscado una parte alta para que no los borrara el agua, tal vez ya no estaban, pero le ilusionaba saber que si volviera allí algún día, los encontraría, a pesar de toda la vida que había dejado atrás.

Cada día que pasaba la invadía más la nostalgia, los recuerdos se sucedían atropellándose, venían a su encuentro como dos enamorados tomados de la mano corriendo sobre la espuma que dejaban las olas al reventar y besaban esa arena oscura, suave, tan fina que se adhería a la piel mojada y había que esperar que se secara al calor del sol para desprenderse de ella. 

El verano está tardando, y los días le parecen interminables, porque se ha prometido que este año irá a caminar por esos parajes y tal vez la brisa ha guardado la risa de él y vuelva a escucharla mientras avance solitaria hacia el lugar de sus recuerdos.

No se atreve a pronunciar su nombre, es mejor repetirlo en su interior, llamarlo silenciosamente para que la acompañe en esta última aventura, ir a los sitios donde se entregaron con las estrellas como únicos testigos, y en cada paso sabe que él estará a su lado. 

Le dijeron que reposara, que lo ocurrido a sus años era de cuidado, que no era conveniente que estuviera sola, que su corazón estaba muy cansado para emociones y esfuerzos innecesarios.

Ahora repite su nombre a cada instante, escucha su voz y lo ve en sueños, llamándola, tan vital como era entonces, iluminando sus sombras con la sonrisa de antaño, de veinte años vigorosos, fuertes, quisiera que las horas pasaran más rápido y que el sueño llegue pronto a rendirla, porque entonces se sumerge en ese mar de recuerdos que la llevan a las olas de la pequeña ensenada y tiene de nuevo el cuerpo firme, ágil, bronceado por las largas horas bajo ese sol que los iluminaba durante el día y en las noches se ocultaba llevándose a la luna para que nadie fuera testigo del amor que los unía, para que nadie escuchara allá en la lejanía los suspiros ardientes y promesas de hasta siempre que algún día se olvidaron, pero que ahora las recuerda como si volviera a oírlas por primera vez, cómo desea que pronto ya no pueda abrir esos ojos que se llenaron de su imagen, que la guardaron intacta allá en el fondo de su memoria que nunca la abandonó, algunas veces deseó que fuera frágil y que los fantasmas se batieran en retirada, pero no, las fechas, lugares, las canciones, olores, volvían a traerlo, a pesar de los hijos y nietos de otros brazos, de otros besos, él se mantuvo en sus recuerdos borrando a los intrusos.

Las voces le llegan desde muy lejos, ha cerrado los ojos para no ver los rostros dolientes de algunos pocos, de calculadores los más y le parece escuchar sus pensamientos preguntándose cuánta plata tendría esta vieja que se lo pasaba tejiendo y contando cosas que a nadie le importaba.

El doctor le ha pedido al familiar más cercano que autorice el retiro de tanto aparato que la mantiene asida a la vida, sin esperanzas ni deseos de prolongarla y grita silenciosamente  para que acepte y pueda irse rápidamente.

La sugerencia es aceptada sin reticencias, el temor natural a la partida ha desaparecido y espera encontrarlo en el camino para que la guíe entre las sombras hacia donde ya no se separarán jamás, donde no importen las leyes, los prejuicios y el infinito tendrá sentido porque allí el verano existirá para siempre.

viernes, 16 de octubre de 2015

Rosas rojas para ti.

Me contaron que ayer partiste y no estuve ahí para sostener tu mano, para aspirar tu último aliento y decirte adiós, ¿cómo podría haber estado si nuestros caminos iban por diferente rumbo? 

Cada paso que dimos después de la separación nos alejó cada vez más y la distancia trajo el olvido, al menos de tu parte, porque en cada vuelta de la vida esperaba encontrarte como antes, como si el tiempo se  hubiera detenido y  abrieras los brazos para encerrarme en ellos, para sonreírme y yo me hubiera rendido ante el embrujo de tus ojos.

 ¿Qué tienen los ojos verdes, que hasta en los cuentos y leyendas tienen ese poder?  Ellos eran el imán que me atraía a ti, el remanso en que mis penas encontraban alivio, la alegría de cada día  al cruzarse tu mirada y la mía. ¡Qué de promesas creí leer en ellos!, mas ninguna brotó de tus labios para confirmar mis anhelos.

La noticia heló aún más mis viejos huesos y el dolor arrinconado en mi corazón lo invadió por entero, fingiendo indiferencia ante quien me comunicaba tu deceso dije que lo sentía, que era una lástima y palabras comunes para la ocasión y que además hacía tanto tiempo que no sabía de ti que prácticamente no te recordaba.

Me despedí de quien quería dar más detalles, hablar de tu vida lejos de la mía. No los necesitaba, así como era la mía debió ser la tuya, tenía que serlo para que yo pudiera seguir viviendo, si me habías guardado en tus recuerdos, si mi nombre lo decías alguna vez bajito, sólo para ti, si mi imagen se te aparecía en algún sueño o creías verme en medio de la multitud, si un perfume te traía el mío a la memoria, tanto lo había deseado que a fuerza de quererlo pensaba que tú también sentías como yo.

Así había podido llegar a vieja, a tener el pelo cano bajo tintes, a esforzarme por no arrastrar los pies al caminar,  a seguir viva para verte otra vez, de lejos, sí, tenía que ser de lejos, para que no me vieras, para no destruir el recuerdo que guardaras de mi.

Aunque ahora me pregunto si me hubieras reconocido al pasar a tu lado, pero qué importa ya, puede que alguien se pregunte quién era esa viejecilla que estaba en un rincón de la iglesia secándose de vez en cuando las lágrimas y que te dejó sobre la tumba un gran ramo de rosas rojas.



lunes, 17 de agosto de 2015

En la próxima cosecha

La mañana llegó apartando los negros nubarrones de la noche anterior, había llovido suavemente y el campo relucía bajo los primeros rayos de sol que tímidamente se posaban sobre la tierra húmeda, perfumada con el aroma de  florecillas silvestres que despertaban, derramando su dulzura sobre los campos.

Tenía muchas tareas por delante y las horas se hacían pocas, entre amasar el pan, mantener el horno prendido, preparar la comida para los trabajadores que este año habían llegado más temprano a recoger la cosecha de uva y quedarse hasta la fiesta de la vendimia.

Mientras se cocían los panes en el gran horno de barro, pensaba que los hombres ya estarían sintiendo su olor y que pronto llegarían para el desayuno que les daría las fuerzas necesarias para la larga jornada que los esperaba bajo el ardiente sol del verano que ya llegaba a su término, la tierra había sido generosa este año, las parras estaban cargadas de dorados racimos que se convertirían en finos vinos de exportación y para celebrar el término de la cosecha se había preparado la chicha, licor dulce y embriagador que alegraría a los trabajadores en la fiesta tradicional con que se terminaba una nueva cosecha. 

Pronto partirían a otros campos en busca de un nuevo trabajo y de un  nuevo amor, de rápido olvido, sin ataduras y sin rencores.

Marta sabía de esos amores y no se lamentaba, ya llegaría el que quisiera quedarse entre sus brazos morenos y compartiera con ella el calor de su cama, que había resistido el peso de alguno, pero que ella había dejado marchar sin protestar.

Ahora sentía que el momento había llegado y se esmeraba en atender lo mejor posible al rudo hombre que se sentaba todos los días a la cabecera del mesón donde comían los trabajadores de paso, los temporeros o peones como se les conocía en los campos a esos nómades que se ganaban la vida sin pensar en el mañana, ganaban su dinero y partían a otros campos a gastarlo, después de todo mientras la tierra siguiera dando sus frutos se necesitarían manos para recogerlos.

¿Cómo le había dicho que se llamaba? Ahí el nombre era lo de menos, todos respondían al apodo que los identificaba por algún gesto, una cicatriz, el color del cabello, algún parecido generalmente con un animal o una condición valórica o física y apenas se formó el grupo los trabajadores dieron a conocer el cómo los llamaban o algunos fueron bautizados nuevamente.

_A mi me dicen  el Ronco_ dijo el que se sentó a la cabecera sin que ninguno se interpusiera y cada uno fue tomando un lugar que se respetaba a diario sin que lo hubieran acordado.

El Ronco hacía honor a su voz más bien gruesa, y que a Marta le pareció que la acariciaba al pedirle _más pan, por favor_fue lo primero que le llamó la atención, esa voz firme, un tanto gruesa, pero que reflejaba la humildad de su dueño en el tono con que se dirigió a ella. 
Marta sabía que ya no era una jovencita, que los años  se le habían pasado muy rápido y ya eran demasiadas noches solitarias, esperando siempre que el hombre indicado apareciera un día para quedarse y hacerle compañía, hacerle unos cuantos hijos y tener el rancho bien puesto, con su buena cocina donde ella pudiera prepararle todo lo que sabía y tenerlo contento, al menos con la comida por la cual ella era conocida y alabada.

Ahora_ se decía_es la mía. No voy a dejar que se vaya así no más, si no se anima voy a tener que darle una ayuda.

Y pronto los demás notaron su cambio, cómo sus polleras dejaban ver algo más de sus piernas bien torneadas y en el escote de su blusa asomaba tentador la tersura de sus pechos, sus trenzas adornadas con una flor esperaban que alguien las desarmara y hundiera el rostro en la mata perfumada y suave de sus cabellos, que olían a rosas recién cortadas, a manzanilla fresca y juncos del arroyo.

Los hombres la asediaron con la mirada y guardaron distancia, sabían que el Ronco se había ganado las preferencias desde el primer día que llegaron y se preguntaban qué estaba esperando para dejar contenta a la Marta, ya hubiera querido cualquiera de ellos tener las atenciones de que era objeto el Ronco, la mejor presa, la fruta más fragante y una sonrisa que lo invitaba a compartir un lecho con olor a hembra en celo.

_¿Usted también se va a ir con los demás?_ se atrevió a preguntarle entre plato y plato que le servía.
_Sí, tengo que irme_
_¿Y cuál es el apuro, si puede saberse?
_Son cosas de hombre_
_Si usted quisiera..._
Pero la mirada del Ronco estaba perdida en lontananza, Marta buscaba sus ojos para que leyera en los suyos las promesas que guardaban, pero el Ronco contestó con algo parecido a un gruñido, frío y sin apuro:
_Le agradezco la invitación, pero mi mujer me  espera en mi casa_
_Ah...si yo decía no más, como los que vienen a trabajar acá son solos..._
_Bueno,ya está, gracias por todas sus molestias._

La voz se le perdió, junto con las esperanzas que se había forjado, _quién la había mandado a abrir la boca_ se lamentaba, porque ahora que lo pensaba se daba cuenta que el Ronco nunca había tenido intenciones de ser algo más que un trabajador, que había cumplido con su labor y ella había imaginado todo un mundo en torno a él.

Cuando se fueron después del desayuno, alcanzó a despedirlos con la mano, pensando que tal vez en la próxima cosecha llegaría el hombre que estaba esperando.








martes, 5 de mayo de 2015

El Regreso

_Estamos los dos en el mismo pecado_

La voz  ronca, segura, dominante, rompió el silencio mientras caminaban por el sendero bordeado de viejos eucaliptos, iluminado apenas por uno que otro rayo de la luna que se filtraba entre el follaje de los viejos árboles, únicos testigos de la lucha interna que se libraba en el corazón de María.

Para qué lo había seguido se preguntaba a cada paso que daba, pero seguía a su lado, sin demostrar el miedo que se apoderaba poco a poco de ella. 

Miedo a encontrarse con alguien que la reconociera y contara en la taberna con quién la había visto, aunque no había nada que ocultar se decía para convencerse de que aún estaba a tiempo de desandar el camino, qué pasaría si no continuara  a su lado escuchando las palabras que le llegaban de lejos.

_Si estamos en el mismo pecado es porque nos queremos, te dije que algún día iba a volver a buscarte y ahora me estay siguiendo, no vay na amenazá, si es pecado que nos vayamos, bueno, así será, mañana vay a ver las cosas con más calma, después de todo no soy más que mía y siempre ha sido así, todos sabían que tú y yo nos queríamos y me juraste que me esperaríai, mala suerte pal Mateo, él se metió por medio y que no me busque, porque se va a arrepentir.


Lo escuchaba en silencio y sus palabras la mareaban como si fueran un elixir embriagador, mágico, que la llevaran más allá de su realidad, de su familia que la había presionado para que aceptara al Mateo, que tenía tierras, ganado y una casa donde ella era la patrona, pero en cuyo rostro aparecía de vez en cuando un rictus de amargura, ¿sería por los hijos que no llegaban? ¿por la soledad que la rodeaba la mayor parte del día?¿qué había que hacer para que se le borrara esa expresión que a veces le sorprendían sin que ella se diera cuenta?


Y comenzaron los rumores, si ya se sabía que eso iba a pasar, que ella no debía haberse casado con el Mateo, que era muy bueno, pero que el Rubén había sido el amor de toda su vida y ahora lo estaba siguiendo, había vuelto, pero cuatro años eran mucho tiempo para esperarlo, sin saber adónde se había ido, sin una carta, sin un llamado, como si se lo hubiera tragado la tierra, pero había regresado y cómo había cambiado, si ya era todo un hombre, si a su paso atraía las miradas de las mujeres jóvenes y de las no tanto, que suspiraban envidiando la suerte de aquella que fuera encerrada por esos fuertes brazos sobre un pecho amplio y dorado por el sol de lejanas tierras. 


Los hombres tampoco permanecían indiferentes  a su paso y les intrigaba el misterio que lo rodeaba, a nadie había contado Rubén qué había hecho en su ausencia, en qué había trabajado, dónde había estado, qué aventuras había sufrido y empezaron a tejer sus propias historias, que había estado en un barco ballenero, que se había ido de minero a buscar oro, que seguramente era un contrabandista, que se había alistado de mercenario, todos tenían su teoría de acuerdo a su imaginación y hasta apostaban a ella. 


_El Rubén le compró las tierras  a don Mauricio_

_ Se está haciendo una casa enorme de grande_
_Dicen que mandó a traer muebles finos de la ciudad_

Cada  cual expresaba lo que creía que Rubén había hecho,o bien, lo que a ellos les hubiera gustado hacer si hubieran tenido la oportunidad de marcharse de esas soledades en que el tiempo se había detenido hacía muchos años y una mezcla de envidia y orgullo por el que se había atrevido a partir hacia lo desconocido, acompañaba las palabras de esos resignados al trabajo en el campo, soñando con ser dueños algún día de la tierra que los había visto crecer, sufrir y que algún día los recibiría con un frío abrazo.


Se le vinieron a la mente todas las expresiones de que sería objeto si se supiera que había estado a solas con el Rubén, pero qué importaba se repetía si ya antes de decidirse la habían condenado, si iban a seguir hablando que lo hicieran con razón y una excusa tapó a la otra y los pasos se hicieron más seguros, más firmes cuando la mano del Rubén se cerró sobre la suya y la guiaba por la oscuridad del sendero cercado de eucaliptos. 


Lo seguía como el ciego tras su lazarillo, confiada, segura, atrás comenzaron a quedar las dudas y remordimientos, ¿acaso no había hecho con su vida lo que otros habían querido? si se había ido con el 
Mateo y hasta se había casado con él no había sido por amor, cansada de escuchar el te lo dije de su madre, ese no va regresar, si eso de irse a trabajar era puro cuento para no volver y las amigas que se unían a sus parejas y las miradas de lástima por su soledad y los hijos que un  día también ella había deseado estrechar y arrullar contra su pecho y que los años se te van a ir y se había casado con el Mateo para llenar el vacío de su corazón, esperando quererlo por lo bueno que era, por los hijos que llegarían, pero la bondad y generosidad no habían sido suficientes, los hijos no llegaron y los días se llenaron de tareas, de trabajo y las noches de largos silencios, esperando que alguna vez su vista no se quedara clavada en un punto muerto.

Ahora no importaba nada, el Rubén había vuelto y la perdonaba, su orgullo de macho y el despecho del primer momento quedaban atrás, ella lo seguiría  sin escuchar voces ni gestos que se interpusieran y que los hombres se arreglaran a la buena o a la mala.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Corazones rosados


La Tere andaba rara,  muchos lo notaron y al principio callaban, pero de pronto empezaron a escucharse los comentarios, 

_ ¿te has fijado que la Tere anda bien rara?, o _ ¿qué le pasará a la Tere?_ 

No se me ocurría qué le podría estar sucediendo a alguien que se jactaba de ser perfecta, sin embargo los errores que cometía eran muy evidentes y comprometían el trabajo de muchos , un día confundió las pruebas de Lenguaje con las de Historia, otro, olvidó dejar las copias del examen que debía tomarse en la mañana, cambiaba las fechas en que se habían planificado los certámenes de fin de semestre y de pronto todo era un caos, los alumnos estaban tan perdidos como ella, un día estudiaban la materia del ensayo y en las preguntas de la hoja que tenían sobre la mesa se cuestionaba sobre el origen de la ciudad de Roma, los griegos se embarcaban para rescatar una princesa y nadie entendía nada, de todas las salas salía el mismo clamor:

_"¡Profe, no nos toca Historia! 

e invariablemente se les   respondía:

_No se preocupen jóvenes, la señorita Tere tendrá la solución, ella es la encargada de la Unidad Técnica_

El término del año llegó pronto  y todos queríamos alejarnos de las pruebas, los aprendizajes logrados, nuevos programas, reuniones y, para colmo, la Tere, la Negra, como la llamaban algunos en silencio, con los labios apretados, con la molestia que crecía a diario por los beneficios  de los cuales gozaba la enigmática mujercita, ya que para  ella no existían los horarios y una cosa era segura, jamás se la encontraba temprano.

Ahora estaba más olvidadiza y distraída, a veces no contestaba los saludos y se  encerraba  en su oficina, allí desayunaba, almorzaba, dormitaba una siesta, chateaba, revisaba papeles que se acumulaban sobre la mesa,  respondía mensajes secretos, pero ella siempre estaba haciendo tres cosas a la vez y, si alguien le presentaba un problema que a ella le competía resolver, generalmente salía de su santuario después de escuchar la típica frasesita “ese es tu problema, encuentra tú la solución”.

¿A qué hora quería que nos juntáramos para solucionar los problemas si nuestros horarios no coincidían?  Si cuando nosotros estábamos en clases no se sabía si ella aún estaba en brazos de Morfeo, trotando, mirando su bola de cristal o qué sé yo, pero ella era infalible y siempre había un culpable para cubrir sus errores.¡Cómo exasperaba su tonito de suficiencia! Miraba entrecerrando los ojillos maquillados con colores fuertes que no armonizaban con su rostro moreno, redondo, coronado por unos cabellos negros en donde resaltaban unas canas rebeldes a las tinturas, su porte era más bien bajo, con unos kilos de más, y su edad era un misterio, pero ya había cruzado la barrera de los cuarenta, sabíamos que vivía sola, que tenían lo que se dice “un buen pasar”, una casa grande, herencia de los padres, unos cuantos perros, un auto que renovaba cada años, pero que según las malas lenguas “no tenía nada que contar”, ¿amigos, amantes, una desilusión, un viejo amor? 

No había modo de saberlo, porque ella tenía  cerrada herméticamente la puerta de las confidencias.  Un día no apareció, la oficina en que reinaba un gran desorden, con muchas carpetas y documentos sin clasificar, permaneció cerrada.Pronto se escucharon órdenes y contraórdenes de los superiores: 

_ ¡Llamen a esa mujer!_ ¡Por qué nadie se preocupó de avisar que no ha llegado! _ ¡Necesito que mande las notas!

Como todos, yo también ignoraba dónde se encontraba, pero conocía el motivo de su ausencia, lo adiviné el día que me dijo:

_Si no está anotado aquí, no es definitivo_ y mientras me mostraba la planilla del calendario de los exámenes, 

_ ¿ves, aquí dice que el martes hay prueba de Matemáticas_, pero  yo sólo veía en el casillero unos corazones rosados con florcitas pequeñas en sus centros, corazones rosados atravesados con una flecha , corazones rosados con dos iniciales en otros, una guirnalda de corazones enmarcando la hoja, que subía y bajaba colándose en otros casilleros.

Sonriendo le contesté que sí, que tenía razón y que yo resolvería el problema, pensando que no importaba postergar la prueba de Lenguaje, mientras ella tuviera ese brillo en la mirada y una sonrisa que mostrara la felicidad de un rostro nuevo.

De una forma u otra las notas estuvieron a tiempo y nos fuimos de vacaciones, el tiempo inexorable nos trajo un nuevo año, nuevos alumnos, nuevos desafíos y una reemplazante en el cargo de la Tere.

A veces alguien se acordaba de ella y preguntaba:_ ¿Cuánto hace que se fue la Tere?_ y al encogerme de hombros agregaba: 

_ ¿Te cuento?_, pero no se lo digas a nadie_

Y antes de que respondiera, el secreto guardado sin candado se escapaba: 

_ Dicen que la vieron….Adivina con quién…_Pero yo no estaba para acertijos, así que venía la confidencia, pero ¿qué me importaba, en qué afectaba a los demás? La vida estaba fuera de los muros de esa oficina, de sus perros y gatos y, pensando en lo feliz que estaría, continuaba con mi corrección, soñando con ilustrar mis viejos libros, algún día, con una guirnalda de rosados corazones.  




viernes, 29 de agosto de 2014

Tejedora de ilusiones

La conocían como la tejedora de redes más hábil de la pequeña caleta encerrada por cerros, protegida del traicionero viento del sur por esas lomas que se vestían en invierno con el oro de los aromos.
Después que su padre había descargado los peces cautivos en las finas mallas con que eran atrapados, entre los que era posible encontrar en un buen día toda suerte de multicolores especies, comenzaba su trabajo Rosalía, remendando cual araña los destrozos que ocasionaban aquellos peces que queriendo recobrar su libertad, lo único que conseguían era quedar más fuertemente atrapados por la red que les impedía traspasar esa barrera hacia el infinito azul.

Otras veces la red venía sin el pan  del mar, lobos la habían despojado en sangriento festín, rompiendo aquí y allá, dejando sólo amargura para el pescador.

Rosalía ejecutaba su tarea con la destreza de años entregada al oficio, no recordaba cuándo había tomado por primera vez la aguja para remendar las viejas redes de su padre y, lo que en un principio era más que nada un juego, se transformó con el pasar de los años en un trabajo, un modo de ganarse la vida, porque también se encargaba de tejer y remendar para otros pescadores, quienes encontraban que su labor era superior, y así también tenían la oportunidad de acercarse a ella, de cruzar unas palabritas y obtener una sonrisa que dejaba ver la blancura de unos dientes pequeños encerrados en la boca que deseaban ocultamente disfrutar alguna vez, tan esquiva para ellos, tan lejana e inalcanzable.

Y es que Rosalía era así, buscada con la mirada de esos hombres rudos, curtidos por la sal y viento, por el frío y el calor, por  viejos a quienes ya abandonaban las fuerzas de los brazos y se sentaban por las tardes a contemplar cómo el sol abandonaba la caleta,  recordando días de gloria o a quienes se habían quedado para siempre en el lecho del mar, de ese mar que les daba el sustento, pero que de vez en cuando cobraba por ello. 

Los jóvenes soñaban con ella, con su cuerpo, con su frescura, con su risa, con su piel canela, tersa y firme, con la suavidad de su voz, con aspirar el perfume de su mata de cabellos negros que coronaba su rostro ovalado en el que destacaban dos hoyuelos en las mejillas, dándole apariencia de niña traviesa a sus veintiséis años.

Los días se sucedían tranquilos, apacibles, el invierno prolongaba su estadía en la caleta y los hombres se reunían a beber para contrarrestar el frío, para olvidar, para celebrar, para envalentonarse, para no morir de tedio en medio de la nada.

Las mujeres, en cambio, siempre tenían algo que hacer, una labor que terminar, ropa que remendar, niños que cuidar,  a veces se dirigían en pequeños grupos a la extensa playa más allá de la caleta, de negras y suaves arenas, bordeada de pequeñas rocas, en busca de mejillones, caracoles y moluscos.
A veces Rosalía se unía al grupo y se enteraba de pequeñas novedades, fulanito de tal, que había ido a probar suerte en las minas, estaba de vuelta, o la hija de tal estaba esperando guagua sin señales de casorio, a la de más allá la había abandonado su pareja por otra más joven; asuntos triviales que se desmenuzaban hasta agotar el tema, analizando, juzgando, pero nunca condenando a los protagonistas de tales eventos.

Y la vida continuaba en esa comunidad donde era prácticamente imposible ocultarse a los demás, esperando que llegara el verano y lamentando su partida. Con él nuevos rostros llegaban a la caleta que abría sus puertas a los visitantes de ese lugar perdido entre los cerros, pero que ofrecía a cambio paz, aguas tranquilas en que refrescar los cuerpos bronceados por el sol generoso que bañaba desde temprano la playita de la caleta y la de más allá.


Cuando los veraneantes dejaban su retiro, volvía la tranquilidad apenas alterada por la presencia de ellos.

Parecía que ese verano sería igual a otros. Poca gente había llegado y ya eran conocidos, como el doctor que arrendaba por horas un bote para pescar , la solterona y su amiga que caminaban a lo largo de la playa, cubriendo sus cabezas con coloridos sombreros para el  sol.

Algo o alguien era el tema de ese día, las mujeres hablaban más que de costumbre, una decía: _yo lo ví cuando llegó, venía caminando, se veía tan alto y no podía dejar de mirarlo_

___no es muy corpulento y tiene el pelo claro y largo como los hippies__agregaba otra.
La que había estado callada hasta entonces, la más vieja del grupo, agregó entrecerrando los ojos y lanzando un suspiro:__ hace tiempo que no llegaba un hombre así al pueblo, ¡vamos a ver quién tiene la suerte de agarrarlo!__y un coro de risas acompañó las palabras de la vieja.
__yo lo único que le miré fueron los ojos__agregó Rosalía__se parecen a ese color turquesa que tiene el mar a veces__ ¿De dónde será? y ¿ a qué habrá venido? A mí me tinca que anda en algo raro porque nadie lo conoce ni ha dicho nada. 

Pronto se supo cómo lo llamaron, porque su nombre siguió siendo un misterio y el Rucio pasó a ser uno más de  aquellos hombres que partían al despuntar el alba al rudo trabajo en el mar.


Lo aceptaron sin muchas preguntas, no les importaba el motivo que lo había traído, después de todo la mayoría de ellos tenía algo que ocultar, algo que cubrir con un manto de olvido; a veces, cuando el tiempo no era propicio para salir a las faenas, se juntaban en la pequeña caleta y pronto aparecía el recuerdo de viejas hazañas, de viejos amores, de viejos triunfos a la mar, pero también de viejas derrotas y , es que la mayoría de esos hombres habían dejado atrás la juventud, las fuerzas comenzaban a flaquear, sintiendo que muchos inviernos les habían enfriado hasta los huesos y  cada nueva jornada tenía un mayor esfuerzo.


El Rucio respondió las pocas preguntas que le hicieron, pero no era necesario conocer tanto sobre la pesca, ellos se encargarían de enseñarle lo preciso, ya algunos estaban deseando dejar su trabajo en manos más jóvenes, en brazos más fuertes y   si tenía agallas, con el tiempo y  un poco de suerte, hasta podría hacerse de un bote, ser su propio patrón.,  mientras, que aprendiera, que le entrara el oficio, que se le pegara a la piel, que se curtiera con el sol, el viento, que aprendiera a descifrar los misterios de las aguas, que desarrollara fuerzas para levantar a pulso la captura que significaba alegría o resignarse a izar las redes cargadas de algas y pececillos que se transformaban en pitanza de gaviotas y pelícanos.
El Rucio comenzó a ayudar a uno de los pescadores más viejos y por un tiempo mantuvo su silencio, su hermetismo, aprendió rápido las faenas y era un gusto para las mujeres ver cómo se marcaban los pectorales de su torso bronceado, el cabello que le daba su apodo había adquirido un nuevo brillo con el agua y aire marino, celebraba y respondía las bromas de sus compañeros, en pocos meses era uno más de ese grupo compacto de seres humanos, donde cada uno cumplía con lo justo para satisfacer sus necesidades más cercanas, sin la preocupación del futuro, después de todo nadie podía saber qué le deparaba y si algún día la muerte lo iba a sorprender, era natural, cada día la enfrentaban más allá de donde la vista podía abarcar desde la playa, el destino de cada uno de ellos un día llegaría en medio de un naufragio, arrastrado al lecho marino por traicioneras corrientes desaparecería en alguna caverna y, si la mar se compadecía, tal vez tuviera un lugar de reposo en la tierra negra del cerro que miraba hacia él y sería su sueño eterno arrullado por las olas que lo llevaron a la orilla.

Rosalía y el Rucio cruzaban un rápido saludo cuando ella llegaba ansiosa a recibir a su padre después de una jornada en la mar, y es que los años trataban de doblegar al viejo roble, los fríos de las madrugadas empezaban a hacerse sentir en los huesos del pescador, que negándose a dejar los remos, cuando la mar lo permitía, se adentraba en ella para ganarle a la vida y seguir adelante, negándose a engrosar el número de viejos desdentados, curvados y curtidos por el viento y sal que mataban las horas recordando, 

Rosalía esperaba a su padre con la ansiedad oculta,  sintiendo el golpeteo de su corazón a medida que la hora avanzaba sin avistar la embarcación, descansando cuando lo veía aparecer en la línea del horizonte, y no supo cuándo, en qué momento se encontró pensando en el retorno del Rucio, sonriendo al verlo saltar ágilmente del bote y empezar la rutina de sacar las redes y separar la pesca, su estado de ánimo empezó a contagiarse con el del Rucio, si lo veía contento se alegraba por él y las palabras de consuelo brotaban espontáneas.

__No se preocupe, así es la vida del pescador, un día se gana y otro se pierde, porque la mar es caprichosa__¿será que está enamorado y se puso celosa? y esperaba la respuesta como niña que anhela el sí a un deseo,
 __No, no tengo a nadie__
¿Y cómo no va a tener alguien que lo quiera o esté esperando a que vuelva?
__ ¿Y por qué piensa que quiero volver?
__Es que todos los que llegan de otros lados, cuando se aburren se van__
__Yo no tengo intención de hacerlo__

Un suspiro de alivio se le escapó al escuchar sus palabras, deseando que fueran verdad, otros habían llegado en alguna ocasión y se habían marchado después de un corto tiempo, el trabajo era escaso, no buscaban ataduras sentimentales o la justicia se hacía presente y desaparecían tan misteriosamente      como habían llegado.

Pero el Rucio había dicho que no pensaba volver, ya le preguntaría otro día por qué no quería y a qué lugar, qué hacía antes, se notaba que era un hombre tan distinto a los que conocía, bastaba con ver sus manos que estaban sufriendo por el rudo trabajo que efectuaban ahora y, cuando hablaba, qué bonito lo hacía, no como esos brutos de la caleta.

Rosalía y el Rucio comenzaron a pasar más tiempo juntos, ella prolongaba su trabajo reparando las redes cuando veía que él preparaba los aparejos de la pesca, y no se dejaron esperar los comentarios__¿de qué conversarán esos dos?, algo se trae este gallo con la Rosalía, y ella, tan orgullosa con nosotros, a él sí que le muestra los dientes con tanta sonrisita, seguro que ya han estado juntos, quién lo iba a decir, tanto que se creía y ahora anda como tonta detrás del Rucio_

Ya no les parecía tan simpático, ahora les gustaría saber de dónde venía, quién era en realidad ese tipo del que no sabían ni cómo se llamaba, pero que acaparaba la atención de la Rosalía, tan indiferente a ellos, sobre todo al Pedro, quien se había mostrado casi como un devoto de ella desde los días de  escuela, aunque hubieran sido pocos , porque ya a temprana edad, como muchos otros, había tenido que hacerse a la mar o emigrar en busca de trabajo. Él no tuvo que pensarlo mucho, si la Rosalía estaba en la caleta él seguiría allí sin importar que las minas o las construcciones ofrecieran una posibilidad de  conocer otros rumbos, ganar  un poco de dinero para regresar a la caleta y ostentar ante quienes se quedaban por el amor a una madre o a la mujer que le esperaba temerosa siempre de una desgracia, y es que con la mar nunca se sabía.

El Pedro se había quedado y nadie ignoraba el amor que sentía por la Rosalía, aunque ella se mostrara indiferente, los demás respetaban su fidelidad de perro  y se conformaban con mirarla y soñar con ella, pero no se hubieran atrevido a conquistarla, sabiendo que el Pedro estaba enamorado y  no perdía la esperanza   de que ella algún día le dijera que sí, que sería su mujer.

Pronto los días empezaron a alargarse con la llegada del verano, las arenas de la pequeña playa parecían más doradas con los rayos del sol y el graznido de las gaviotas se dejaba oír desde temprano, acompañando a los botes que llegaban cargados de abundantes peces, y la alegría se dejaba ver en los rostros y voces con que pregonaban su venta:
__aquí caserita, los mejores congrios pal caldillo__
__aproveche patrona, estamos regalando__
Y una multitud, de mujeres principalmente, se agolpaba junto a los botes a mirar su carga y regatear precios o elegir aquellos peces que les parecían mejores por su tamaño o por su fama de buen sabor. Pronto desaparecían con su compra y los pescadores se entregaban a la faena de preparar los aparejos del nuevo día, comentando las pequeñeces o sobresaltos de la jornada.

Sentada sobre un pequeño banquillo, Rosalía dejaba a la vista sus pantorrillas morenas mientras remendaba las redes, otras veces refrescaba sus pies en la orilla de las tranquilas aguas y pocas veces quedaba tiempo para la distracción, para tenderse en la arena como cualquier visitante y nadar en las frías aguas de la playita.

El día que el Rucio la sorprendiera con su _vamos a dar una vuelta en el bote de su papá_se dio cuenta que el mar estaba siempre ahí a su vista, pero que desconocía cómo sería  más allá, donde se podía pasar de la paz a la furia de las aguas y quedarse para siempre bajo ellas o ser arrastrado por corrientes traicioneras y no retornar.
__¿Y usted está seguro de que podemos ir bien lejos? porque mi papá siempre dice que es mala suerte llevar mujeres en el bote...yo nunca he ido más lejos de esa roca que está ahí no más___
__No tenga miedo, conmigo no le va a pasar nada__esas son tonterías no más, no haga caso.
¿Cómo se iba a negar? los ojos del Rucio tenían una mirada profunda como ese mar y la atraían con la fuerza de las olas al reventar en los roqueríos.

Cuando las coloridas casas quedaron fuera de la vista y se impuso el azul intenso de las aguas que mecían a su antojo la embarcación, Rosalía sintió la grandeza de ellas y su poder descrito en tantas historias que había escuchado desde niña, naufragios, pérdidas y lamentaciones,  y recordó a aquellos que se habían quedado en un sueño eterno bajo ellas, dejando sin el consuelo de un último abrazo, un beso, un adiós, a una madre, o a una novia.

Ahora se encontraba lejos de esa playa de arenas negras donde las aguas depositaban escasamente su beso, sin refrescarlas, y el temor volvía a apoderarse de su corazón, ¿qué pasaría si el bote sufría algún desperfecto? a esa hora los pescadores descansaban y nadie estaba al tanto de su salida, si al menos le hubiera confiado su secreto a una amiga, pero los secretos desconocían los candados y prefirió callar.

El Rucio detuvo el motor, _¿qué le pareció?_ cómo explicarle lo pequeña que se sentía ante esa inmensidad azul, donde se posara su mirada no había más que mar y y las olas danzaban a su alrededor suavemente, alejándose a la orilla, queriendo llegar rápido a ella para retornar a su viaje infinito.

Rosalía calló, respirando profundamente, atrapando el aire cargado de aromas salinos de la brisa que refrescaba el calor de la tarde.

Cuando el Rucio le preguntó muy bajo:_¿Me dejaría darle un beso?, respondió automáticamente que no.
_Uno sólo_, insistió el Rucio _el miedo a la profundidad azul se había cambiado por el verde de los ojos entrecerrados del Rucio que le sonreía ignorante de la lucha que se desataba en su corazón, estaba sin defensas y todo conspiraba en su contra, la naturaleza era aliada del Rucio y ella se había rendido desde antes, desde la primera vez que lo viera, era la ilusión que se había hecho realidad, cuántas veces había soñado con el afuerino que llegaría un día para cambiar su vida y ahora estaba con él, los demás no importaban, después de todo, ¿quién era ella para   negarse a un minuto de felicidad?

No opuso resistencia, no protestó cuando los fuertes brazos la encerraron y le diera el beso que había esperado desde siempre, después se desprendió suavemente y le pidió que volvieran, ya era hora de regresar, de despertar del ensueño. El Rucio enfiló el bote a la caleta y retornaron en silencio.

Pasaron algunos días y Rosalía evitó encontrarse con el Rucio, hacía sus tareas en diferentes jornadas y se retiraba a su casa temprano, a veces daba larga caminatas por la playa y volvía a su refugio sin haberlo visto, pero nada pasaba desapercibido para las atentas miradas de las mujeres que siempre buscaban algo para comentar:_ ¿Se han fijado en la Rosalía? _Si anda como en la luna, pa`mi que algo le está pasando__Y el Rucio anda igualito, mejor que no se cruce con el Pedro porque la cosa está fea_

Pero, así como había llegado sin anunciarse, así desapareció el Rucio de la caleta, nadie se asombró porque estaban acostumbrados a que  los extraños algún día se marcharan, dejaran un recuerdo que pronto era olvidado, comentaron sí que eso se sabía que iba a pasar y cada cual continuó su vida sin darle mayor importancia al asunto.

Una mañana la caleta se alteró por la noticia, las voces se confundían al contar unos y otros los detalles de la nueva, allá entre los roqueríos de la playa larga estaba el cuerpo del Rucio, el mar lo había rechazado y devolvía por no ser uno de los suyos.

 _Las respuestas a las autoridades que fueron avisadas de su hallazgo se repetían: él no era de acá, no tenía a nadie, nadie lo conocía, no dijo ni cómo se llamaba, ni qué hacía antes de llegar, ni cuántos años tenía, menos de dónde venía, no tenía una mujer que lo esperara, era un tipo raro...

No se culpó a nadie de su muerte, a nadie le pareció extraña, después de todo a cualquiera le podía pasar, un día se sale a la mar y no se sabe si se va a regresar, tal vez al Rucio lo había agarrado una ola cuando estaba mariscando entre las rocas o sencillamente había decidido terminar con su vida y la verdad sólo la sabía él, ahora era un número más  en la cuenta de otros que el mar había cobrado.

Rosalía volvió a sus redes, tejiendo otras ilusiones, la vida no se podía cambiar por un extraño, aunque le hubiera estremecido la piel y avivado el corazón, ya llegaría el verano nuevamente, el sol entibiaría los atardeceres y la caleta renacería otra vez.